Se llamaba Furcia. Furcia Cellenca. La vida la puso en circunstancias que la llevaron a hacer mercadería de su cuerpo. Quiero decir que Furcia era prostituta. Ese vocablo se puede abreviar mucho, pero afortunadamente mis editores no ponen límite al número de palabras de mis artículos, y eso me permite el lujo del lenguaje figurado, y de los eufemismos. Por ejemplo, en vez de decir con una sola palabra que una muchacha soltera está embarazada, puedo escribir que está "enferma de gustos pasados", lo cual hace más colorida la expresión, y menos dura. Furcia Cellenca, protagonista de mi historia de hoy, asistía a la casa de asignación de una madama de gran nota, muy conocida en la ciudad. "Nuestros clientes -solía decir esa pendona a los recién llegados- nos prefieren por la calidad de los ser