Estoy muy encaboronado. Traigo el ceño fruncido, entre otras cosas. Quien ahora me vea creerá estar mirando alguno de esos vates o arriscados arúspices de la antigüedad -judaicos, egipcíacos o helénicos- de rostro siempre ensombrecido, rasgada veste y con las greñas cubiertas de ceniza. Si me hablan respondo sólo con monosílabos de carácter onomatopéyico: urrgh; mppfff, onghrrrk. Cuando alguien me busca aléjome igual que anacoreta o eremita. Y ¿por qué estoy así, tan encaboronado? ¿A qué se debe ese arrechucho o corajina, tal híspido encalabrinamiento? Se debe a que la noche del pasado lunes hube de estar hasta horas de la madrugada en el aeropuerto de la Ciudad de México esperando la salida de un vuelo que debió partir a las 9 de la noche... Hace una pausa el columnista, pausa de carácter