Don Herón, rico ganadero del norte de mi natal Coahuila, tuvo por toda descendencia un hijo varón. En el unigénito cifró todo su orgullo. Lo soñaba haciéndose cargo de los trabajos que por su edad él ya no podría realizar, y padre además de numerosa prole que alegraría su vejez. Mas sucedió que al muchacho no le atrajeron nunca las faenas del campo. Desde niño le gustaron otros menesteres que más relación tenían con los quehaceres mujeriles que con las recias faenas de la ganadería. No le interesaba montar a caballo, ni lazar becerros, pero imitaba las labores de aguja que su madre hacía, y andaba en la cocina preguntando cómo se hacía el arroz, o la capirotada. A instancias de su esposa don Herón aceptó a regañadientes que el muchacho fuera a estudiar a la ciudad. Cuando volvió de vacacio