Un explorador llegó a una aldea de salvajes en lo más profundo del África, ahí donde la mano del hombre blanco jamás había puesto el pie. Al llegar oyó a lo lejos el ruido de tambores que sonaban. Aquello le pareció un detalle pintoresco, y lo anotó en su diario: "Están sonando los tambores de la selva". Todo el día se escuchó aquel monótono tam-tam. Por la noche siguieron sonando los tambores; no dejaron de oírse ni un minuto. Continuaron sonando todo el siguiente día sin descanso, y otra vez toda la noche. Cuando amaneció el tercer día, y el viajero oyó que los tambores seguían sonando, no pudo aguantar más. Desesperado buscó al jefe de la tribu y le preguntó lleno de ansiedad: "¿No dejarán de sonar nunca esos tambores?". Respondió con voz gutural el jefe: "No es bueno que los tambores d