El alcalde recién electo de un pequeño pueblo iba a dar el Grito de la Independencia la noche del 15 de septiembre. No sabía cómo cumplir la ceremonia, y le pidió al secretario del Ayuntamiento, profesor él, y por lo tanto "léido y escrebido", que le fuera diciendo las palabras de ritual. Ya en el balcón, ante la gente que llenaba de bote en bote la plaza del lugar, el munícipe empezó a ondear la bandera nacional, conforme a las instrucciones de su secretario, y a gritar con clamorosa voz lo que éste le dictaba al oído: "¡Viva la Independencia!". "¡¡¡Vivaaa!!!", coreó la multitud, entusiasmada."¡Vivan los héroes que nos dieron patria!". "¡¡¡Vivaaaan!!!" se oyó la voz unánime del pueblo. "¡Viva Hidalgo!". "¡¡¡Vivaaa!!!". "¡Viva Morelos!". "¡¡¡Vivaaa!!!". "¡Viva Allende!". "¡¡¡Vivaaa!!!". Co