EDITORIAL lunes 14 de sep 2009, 9:01am - nota 4 de 11

Opacidad

FRANCISCO AMPARÁN

EL COMENTARIO DE HOY

Uno de los eternos reclamos que históricamente se le han hecho al Estado mexicano es su opacidad: por lo general era imposible saber qué pasaba con el dinero, cómo se asignaban contratos, cuál era el currículum que justificaba que un retrasado mental llegara a alcalde. Los montos de los salarios de los burócratas parásitos, de todos los niveles, eran celosamente guardados. En este país, cualquier triste dato resultaba secreto de Estado.

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Las cosas han ido cambiando. Pero como casi todo, de manera exasperantemente lenta y de manera parcial. Por ello todavía nos falta mucho camino por recorrer.

El Instituto Federal de Acceso a la Información, el IFAI, fue creado precisamente para que cualquier ciudadano pueda conocer pelos y señales de lo que hace la administración pública. Por sus éxitos en pro de la transparencia, es una de las pocas instituciones de la transición que más o menos se salvan de la quema.

Pero, como casi todo en México, está contaminado de política. Mejor dicho, de lo que en este país se hace pasar por política, que no es otra cosa que vil grilla y componendas vergonzantes.

Como bien lo sabe el amigo lector, hace unos días se dieron a conocer los resultados del examen para obtención de plaza que presentaron miles de maestros. Y como bien lo sabe, tres de cada cuatro resultaron reprobados. Este país gasta toneladas de dinero en educación, y todo para que esté en manos de ineptos.

Por supuesto, esos números son una auténtica vergüenza nacional, y explican muchas cosas. Y si sigue así la situación, pueden estar seguros de que este país será un fracaso en el siglo XXI, como lo fue en el XIX y en el XX.

¿Cómo mejorar? En cualquier otro país, la respuesta sería obvia: manda a los asnos a pastar a su casa, promueve a los buenos profesores, incentiva la calidad y la competencia. Especialmente quienes tienen ya años frente a grupo, y son probablemente analfabetos, deberían ser corridos con cajas destempladas. Al menos, si yo supiera que el maestro de mi hija es una de esas acémilas, pediría su despido inmediato.

El problema es que ni yo ni ningún otro padre de familia puede saber si ese maestro o cualquier otro es de los reprobados

Tantos favores, tantas caravanas, a un organismo podrido hasta la médula, y que lleva de la mano al país hacia el abismo. Nada más no se entiende.

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