Cuando estuve en la Universidad de Indiana mi amigo y compañero de cuarto Josef Tichy, de Checoeslovaquia, me reprochaba mi tendencia a entrevistar personajes prominentes - "big shots", decía él-, en vez de recoger la voz del pueblo: obreros, campesinos, que no tardarían seguramente en hacer la revolución socialista en Norteamérica. Yo le decía que los proletarios de Estados Unidos estaban muy a gusto -todos tenían casa, televisor y coche-, y que lo más probable era que ni él ni yo viviríamos para ver esa revolución. Así, pese al disgusto de mi amigo, seguí entrevistando big shots. Entrevisté al senador Everett Dirksen, por entonces líder de la minoría en el Senado. Tenía ese señor fama de desdecirse siempre de lo que decía, de modo que tomé mil precauciones para registrar ocultamente sus