Don Salacio era un señor maduro proclive a las concupiscencias de la carne. Cierta madrugada su esposa lo sorprendió en ropas muy menores dando ligeros golpecitos en la puerta del cuarto de la criada. "¿Qué haces, desdichado?" -le reclamó hecha una furia. "¡Baja la voz, mujer! -le pidió en un susurro don Salacio-. Estoy haciendo una prueba. Si la muchacha abre la puerta eso querrá decir que es ligera de cascos, y mañana mismo la despediremos. No podemos tolerar indecencias en esta casa"... Yo no me quedaría boquiabierto, alelado, patidifuso o turulato, ni exclamaría con sorpresa: "¡Ah!", "¡Oh!" ni "¡Uta!" si de pronto supiéramos que en el caso del célebre Juanito, visorrey de Iztapalapa, la criada le había salido respondona a López Obrador. "Dos aleznas no se pican", dice el conocidísimo r