Sor Bette era una monja bastante claridosa. Mientras todas sus hermanas de convento usaban un lenguaje comedido -el propio de su estado religioso-, ella empleaba los modos de hablar que aprendió en el pueblo campesino donde pasó su niñez y juventud. Soltaba unos tacos y maldiciones que turbaban la candidez de ovejas de aquellas esposas del Señor, y las hacían ir corriendo con el padre Arsilio, el capellán de la orden, a confesarle el gran pecado que habían cometido al escuchar alguna de las demasías de sor Bette. Cansadas ya de aquella situación las reverendas acordaron que cuando su lenguaraz hermana volviera a decir alguna de sus temeridades, ellas se levantarían todas al mismo tiempo, saldrían del locutorio y la dejarían sola. Pues bien: vino a suceder que estalló la guerra que en Irak