Don Ultimiano estaba en agonía. Alrededor de su lecho se habían congregado su esposa y sus seis hijas. Todas las niñas eran morenas y tenían los ojos negros; sólo la menor, Candinita, era rubia y de ojos azules. Con el último aliento de la vida le pregunta el señor a su mujer: "Ahora que estoy a las puertas de la muerte, dime la verdad: Candina ¿es hija mía? Te pido que seas sincera: no se engaña a un hombre que está en los umbrales de la eternidad". "Ultimiano -responde con solemne tono la señora-: te juro por Dios, por la memoria de mis padres y por la vida de mis hijas, que Candina es hija tuya". "Entonces muero en paz" -dice el agonizante. Y así diciendo entregó el alma a Aquél que se la dio. "¡Uf! -suspira con alivio la señora-. ¡Menos mal que no me preguntó si las otras cinco eran hi