Doña Diposa, dama de abundantes carnes, le contó muy afligida a una amiga: "Me puse un vestido amarillo, y un hombre me silbó". "¿Y por qué te afliges? -le dice ella-. Un silbido es un piropo, un halago". "No -gime doña Diposa-. Me silbó porque pensó que yo era un taxi"... El rancherito y la rancherita fueron a la Ciudad de México, pues ella había ofrecido cumplirle una manda a la Virgencita de Guadalupe. Tan pronto bajaron del autobús y echaron a caminar en dirección a la basílica, la rancherita se dio cuenta de que toda la gente se le quedaba viendo, y que quienes la veían decían algo por lo bajo, y se reían. Por fin, después de caminar tres horas, llegaron al venerado santuario. "Oiga, Bucolio -le pregunta muy intrigada la rancherita al rancherito-. ¿Por qué toda la gente se me queda vi