Estoy muy sorprendido. Estoy lelo, pasmado y aturdido. No acierto ni siquiera a proferir alguna de las castizas expresiones que servían para expresar asombro: "¡Cáspita!"; "¡Córcholis!", "Repámpanos!", "¡Diantre!", "¡Válgame Dios!" o "¡Caracoles!". ¿Qué es lo que me tiene así, atónito y estupefacto? Ahora lo diré. Los mexicanos somos diestros en encontrar culpables. Con motivo de lo de la guardería de Hermosillo, por ejemplo, ya tenemos media docena de culpables en la cárcel, y andamos tras la pista de otra docena y media. Desde luego debo decir que nosotros mismos jamás somos culpables. Desde pequeños aprendemos a evadir toda responsabilidad: "Yo no fui, fue Teté; pégale, pégale, que ella fue". El inspector de escuelas le preguntó a Pepito: "¿Quién escribió el Quijote?". Fiel a la idiosin