Pompilia Granderriére, secretaria de oficina, era dueña de un trasero mayestático. Y bien que se daba cuenta de que lo tenía -toda mujer conoce su armamento-, pues meneaba provocativamente el tafanario al caminar entre sus compañeros. Buscaba la coqueta el menor motivo para levantarse de su escritorio e ir y venir por los pasillos agitando su redondeada grupa en modo tal que levantaba los rijos del personal masculino de la empresa. Un día el jefe de la compañía la llamó a su privado. Cerró la puerta, y sin más le preguntó: "Perdone usted, señorita Granderriére: ¿vende usted las éstas?". Respondió ella, indignada: "¡Por supuesto que no!". Le dice el jefe: "Si no las vende, entonces no las anuncie tanto"... Dos soldados estaban platicando en una tregua del combate. Le pregunta uno al otro: "