Diosito es a veces algo vanidosillo, y esa tarde nos presentó un crepúsculo que ni Cecil B. de Mille.
En Saltillo el sol se pone por el occidente. No sé si en otras partes sea igual, pues mi ciudad suele tener sus peculiaridades. El caso es que el Poniente se puso de todos los colores, como si oyera los piropos que le estábamos diciendo.
En estos casos es obligado decir: "¡Cómo sentí no haber traído una cámara!". Yo me alegré de no haberla traído, pues un crepúsculo así no es para retratarlo: es para verlo con los ojos del alma, y para dar las gracias por él.
Yo me he librado de esa forma de soledad que es el ateísmo. Pero si hubiera sido ateo, esa tarde lo ateo se me habría quitado. De vez en cuando Dios se acuerda de que es Dios, y entonces nos regala un crepúsculo como el de aquella