Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, fue a confesarle sus pecados al padre Arsilio. "Me acuso -le dice- de haber estado con mujer casada, y haber practicado con ella un frotamiento lúbrico". "Te conozco bien -le dice con severidad el sacerdote-, y sé que ya no necesitas practicar. Deberás rezar 100 credos, y poner 100 pesos en el cepo de la limosna para los pobres. Tal es la penitencia que suelo imponer por el pecado de adulterio". "¡Pero si nada más froté, padre! -protesta el penitente-. ¡Nada introduje!". "Frotar es lo mismo que introducir" -replica el padre Arsilio, enérgico. Salió mohíno el tal Pitongo del confesionario, y fue a cumplir la penitencia. El sacerdote, que lo siguió con mirada vigilante, se dirigió a él lleno de enojo. "¡Te vi! -le dice-. ¡No introdujiste el billete en