Doña Tana -su nombre es Martiniana- es viuda, y tiene un gato.
Los gatos son para mí un pedazo de selva en la casa, pero doña Tana le dedica al suyo mimos de enamorada. Le dice: "Ven, bonito"; "Baja de ahí, hermoso" y "Ten tu lechita, corazón". A su marido no le hablaba así.
El gato va y viene por la cocina como dueño. Estoy seguro de que piensa -porque los gatos piensan- que doña Tana es una criada que está ahí para servirlo. Cuando yo la visito me mira, receloso, y me vigila con mirada escrutadora. Doña Tana lo pone en su regazo. Pregunta: "¿Cómo ha estado?". Pero no me ve a mí; ve al gato. No sé si debo contestar o esperar a que él conteste.
Acabada la visita salgo, y voy por el camino. Vuelvo la vista. Doña Tana está barriendo el frente de su pequeña casa. Por la ventana el gato me