Don Crésido era rico. Tenía una hermosa hija que se hizo novia de un muchacho pobretón. Amábanse los dos con ese tierno amor que es flor de juventud, y de la vida la primera estrella -esto lo saqué de una novela de Corín Tellado, recientemente fallecida, Dios la tenga en su santo reino-, pero temían que el padre de la chica no los dejara unirse en matrimonio, por la gran diferencia de fortunas. Acordaron, pues, que el enamorado fuera a pedir la mano de su dulcinea, y que se hiciera acompañar de algún amigo que apoyara la solicitud. En virtud de que la principal preocupación del padre era lo concerniente a los dineros, instruyeron al amigo para que exagerara todo lo que a ese respecto dijera el pretendiente. Si éste, por ejemplo, decía que tenía mil pesos en el banco, él lo corregiría de in