Doña Frondosia, señora de opíparo tetamen y nalgatorio ubérrimo todavía en edad de merecer (la señora, digo, no el nalgatorio ubérrimo), fue ante el obispo de su diócesis y presentó una queja. "Iba yo caminando por la calle -le contó-, y en la esquina de Aguascalientes y Río Frío, que la gente llama Esquina Tibia, estaba un sacerdote con varios individuos. Cuando pasé, el cura me miró con ojos lúbricos y dijo luego a los que con él se hallaban: 'A esa vieja soy capaz de echarle tres polvos'". El obispo frunció el ceño -la ocasión no ameritaba fruncir otras cosas- y luego preguntó: "¿Qué cura era ése?". Responde la señora: "Es el que las mujeres apodan el Padre Incapaz, porque dicen que las hinca y ¡paz!". Inquiere de nueva cuenta el dignatario: "Y ¿qué fue lo que le dijo?". Repite la señor