Don Bardomiano y doña Burcelaga tenían unos primos lejanos. Cierto día esos parientes les cayeron en su casa. Llevaban consigo a toda su numerosa prole, y calcularon muy bien la hora, pues llegaron cuando la comida se iba ya a servir. Así, el matrimonio no tuvo más remedio que invitarlos a comer. Sentados ya a la mesa, doña Burcelaga, deseosa de impresionar a los recién llegados, le dice a su hija más pequeña: "Rosilita, bendice la mesa". La niña respondió, desconcertada: "No sé cómo se hace eso". La señora, para disimular, le dice con tierna sonrisa: "Nada más junta tus manitas; cierra tus ojitos; y luego repite lo que dice siempre tu papá en ocasiones como ésta". Rosilita, obediente, juntó las manitas, cerró los ojitos, y dijo: "¡Carajo! ¡Otra vez la mesa llena de gorrones!"... El revere