Don Astasio regresó a su casa y sorprendió a su esposa, doña Facilisa, en ilícito trato de erotismo con un desconocido. Desconocido para él, naturalmente, no para ella, que tenía abrazado al individuo en forma tan estrecha que denotaba familiaridad, a más del hecho de encontrarse los dos sin ropa alguna, lo cual implica también conocimiento. Don Astasio colgó su sombrero, su saco y su bufanda en el perchero del pasillo, y fue luego al chifonier donde guardaba una libreta en la cual solía anotar palabras de baldón para infamar a su mujer en casos semejantes. Volvió a la alcoba y le espetó a doña Facilisa este duro vocablo: “¡Viltrotera!”. Había aprendido el adjetivo leyendo las “Tradiciones peruanas”, de don Ricardo Palma. “¡Ay, Astasio! -respondió ella con tono de reproche-. ¡Espera al men