¿Recuerdan mis cuatro lectores la historia del famoso Vampirito de Eagle Pass? En esa ciudad de Texas apareció un vampiro como Drácula, el legendario conde que dio siniestro nombre a Transilvania. Pero el vampiro texano, a diferencia del europeo, no chupaba la sangre de sus víctimas: las hacía objeto de sus bajos instintos de lujuria, libídine, lascivia, concupiscencia, sensualidad, incontinencia, salacidad, erotismo, intemperancia, carnalidad y rijo. Ninguna mujer podía ya salir de casa después de la caída de la tarde, pues apenas había dado unos pasos por la calle cuando caía sobre ella el deshonesto monstruo, y echándola por tierra saciaba sus torpes impulsos en la indefensa víctima. No duró mucho aquel problema: es bien conocida la eficacia de la policía texana. Bien pronto el sheriff