En tiempos de la guerra escaseó en mi ciudad el maíz. Para comprarlo había que obtener un vale del Gobierno. Ese papel daba derecho a adquirir un kilo o dos. El empleado que entregaba los vales decía siempre que se le habían acabado. Era mentira: tenía el cajón lleno, pero vio en el reparto de los vales una ocasión para medrar. En México, sin embargo, conocemos muy bien los vericuetos de la corrupción, y siempre acabamos por saber andarlos. Alguien dio con la forma de conseguir sin problema aquellos vales. Llegaba a la ventanilla y le decía al empleado: “Le apuesto un peso, don Fulano, a que no hay vales para comprar maíz”. Don Fulano sacaba algunos del cajón y le decía, triunfante: “¡Perdió usted!”. El comprador entregaba el peso de la apuesta y se alejaba, igualmente triunfante, con los