Simpliciano, joven romántico y soñador, le dijo a Pirulina: “Te invito a disfrutar el véspero”. “A verlo” -pidió ella. El muchacho le explicó que el véspero era el atardecer, del cual gozarían en un paseo por el parque. A Pirulina le gustaban otros placeres de más sustancia y entidad, pero por no poner tristeza en el ánimo de su idealista amigo aceptó la inocente caminata. Iban, pues, por el parque cuando pasó un automóvil lleno de burlones jovenzuelos. Uno de ellos sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó a Simpliciano: “¡Fóllatela!”. Al pobre muchacho le apenó tanto aquella procaz majadería que tomó por el brazo a Pirulina y de inmediato la llevó a su casa. “Siento mucho lo que sucedió -le dijo acongojado-. ¿Podré verte mañana?”. Contundente y lacónica respondió Pirulina: “No”. “¿Por