Facilisa tenía un cierto amigo, y lo recibía en el domicilio conyugal cuando su coronado esposo se ausentaba. Aquella tarde llegó el querido a refocilarse con la pecatriz, y ella lo llevó la sala, pues ahí los amantes acostumbraban iniciar el trance erótico -foreplay se llama esto- antes de subir a la recámara a consumar su ilícita coición. Estaban en ese guacamoleo inicial -besos; abrazos; caricias encendidas cuya descripción no es para hacerse en una publicación decente-, cuando se oyó que un automóvil entraba en la cochera. Con toda calma le pregunta Facilisa a su galán: “Dime, Libidio: ¿alguna vez has vendido aspiradoras?”. “¿Aspiradoras? -se sorprende el coime-. No. Nunca he vendido aspiradoras”. “Pues empieza ahora -le dice Facilisa-. Ahí viene mi marido”... La nueva crisis está sirv