Don Languidio, senescente caballero, echó de menos una leontina que su abuelo le había regalado. Sospechó que Cleptanís, la linda criadita de la casa, había hurtado la valiosa prenda, y buscó en la petaquilla de la joven. Ahí estaba, en efecto, la cadena de oro para el reloj de bolsillo. “Lo siento mucho, Cleptanís -le dice don Languidio a la muchacha-. Me temo que tendré que llamar a la policía”. “¡No lo haga, señor, se lo suplico! -impetra con angustia la criadita-. ¡No quiero ir a la cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación! ¡Pídame lo que quiera, que yo me rendiré a su voluntad, cualquiera que ésta sea! ¡Todo con tal de no pisar una mazmorra, celda, calabozo, galera, trápana o prisión!”. (Nota: le faltó “ergástula”). Don Languidio, que habí