"Soy una pecadora, padre -le dice la curvilínea penitente al joven confesor. Estoy poseída siempre por la lujuria, la libídine y la lubricidad. No puedo ver un hombre sin sentir el urgente deseo de entregarme completamente a él. Ahora mismo, en su presencia, me asalta esa imperiosa necesidad de sexo. Temo por mi alma, señor cura. ¿Cree usted que puedo salvarme?". "Esta vez sí -contesta el joven sacerdote-, porque tengo una junta con el señor Obispo. Pero la próxima vez no te me escapas"... Hay un elegante restorán en la zona de Polanco de la Ciudad de México. Se llama "Los Vientos de la Rosa". Ahí solía ir a cenar doña Panoplia P. di Gree, dama de la alta sociedad. Cierta noche el capitán de meseros le dijo: "Señora: su marido se metió abajo de la mesa, y eso inquietó a nuestra clientela.