Cierto día Avaricio, individuo cicatero, fue al parque. Ahí vio a una muchacha que aspiraba grandes bocandadas de aire. “¿Le sucede algo, señorita?” -le pregunta. “No -responde ella-. Lo que sucede es que he aprendido a alimentarme de aire. Respirando así se me quita el hambre, y no necesito ya comer”. Avaricio, que no se había casado por temor a encontrar mujer muy gastadora, le pidió su teléfono a la chica y al día siguiente la invitó a cenar. “Iré por acompañarlo -dice ella-, pero yo tomaré sólo mi acostumbrada ración de aire”. ¡Qué prodigio! pensó el cutre. ¡Una mujer que no comía! Para no hacer el cuento largo, Avaricio cortejó a la muchacha, y acabó casándose con ella. Pero ¡oh, sorpresa ingrata! Al día siguiente de la noche de bodas bajaron a almorzar, y ella pidió todos los platill