Murió un Papa, santo varón lleno de virtudes, y fue directo al Cielo. Llamó a las puertas de la morada celestial, y oyó adentro la voz de San Pedro, que preguntaba: “¿Quién es?”. Contesta el recién llegado: “Su Santidad”. Se hace una pausa, y se escucha otra vez la voz del apóstol: “Un momento”. Al Papa le extrañó aquello, pero, humilde y santo como era, se avino a esperar. Dentro del Cielo, mientras tanto, San Pedro, lleno de sobresalto, les ordena a sus ayudantes: “¡Pronto! ¡Recojan las botellas, las copas y los ceniceros! ¡Apaguen el estéreo, y quiten esas luces de colores! ¡Guarden el tubo, y que las muchachas se pongan otra vez sus túnicas! ¡Rápido!”. Cumplido todo eso San Pedro abre por fin la puerta. Ve al Santo Padre, ataviado con su ropaje y sus insignias de Pontífice, y le pregun