El joven y apasionado marido hacía objeto a su mujercita de continuas muestras de voluptuoso amor. Cansada ella de las asiduas demandas de su esposo le dijo un día: “Deberías tener la fuerza de voluntad del compadre Beverino. Él dejó de beber. También tú deberías dejar de pensar sólo en el sexo’’. El muchacho se disgustó bastante. Le dijo a la muchacha que para demostrarle que él también tenía fuerza de voluntad ya no la molestaría más. Y para cumplir lo dicho se fue a dormir en la otra recámara. Pasó un día. Pasaron dos. Pasó una semana. A los diez días la mujercita llamó tímidamente a la puerta de la recámara donde dormía su marido y le dijo con humildosa voz: “Hotilio: el compadre Beverino ya volvió a tomar’’... Don Poseidón, granjero acomodado, enfermó de gravedad. Cuando estaba ya e