Doña Facilisa se fue a confesar. “Padre -le dice al sacerdote-. Todas las noches, entre sueños, siento que soy poseída por alguien que agota en mí el torrente de su lubricidad. Como estoy medio dormida no alcanzo nunca a ver si el voluptuoso ser es mi marido, o uno de esos íncubos diabólicos de que nos habla usted, que nos asaltan con sensuales embestidas de carnalidad”. “Hija mía -responde el confesor-. Quien de ese modo te posee puede ser tu esposo, valido de los derechos que le confieren el Código Civil y el sacramento que a sí mismos se imparten los esposos. Sin embargo esa criatura podría ser también, como has pensado, un engendro demoníaco, un íncubo salaz y voluptuoso en el cual se manifiestan y conocen los bestiales impulsos de Lucifer, Belial, Luzbel, Satanás o Belcebú”. Pregunta