Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, recibió en su juventud una proposición de matrimonio. Ella le pidió al galán que le diera tiempo para pensarlo. Él lo pensó, y Solicia se quedó sin matrimonio. Ciertamente no le preocupaba morir soltera. Vivir soltera era lo que le preocupaba. Así, acostumbraba invitar a su casa a caballeros de su misma edad, por ver si alguno de ellos se animaba. Ninguno lo hacía, pues todos tenían demasiada edad y eran demasiado caballeros. Cierta noche invitó a uno en quien vio disposición para el connubio: el hombre era muy dócil; sabía obedecer. Hasta parecía casado. Cuando llegó el senescente huésped Solicia le dijo con mohín de coquetería: “Espero, don Othonio, que no se vaya usted a aprovechar de mí valiéndose de que estamos solos, pues con intención desp