“Un gatito me decía: ‘Yo soy de barrio...’”. Así empieza una de las canciones de Cri Cri. Yo, sin ser gatito, soy también de barrio. El mío fue el de San Francisco, en el vértice de los dos más tradicionales y antiguos barrios de Saltillo, el del Águila de Oro y el del Ojo de Agua. En el primero, el del Águila de Oro, se hallaban los obrajes donde nobles y silenciosos artesanos tejían esa maravilla en cuyos pliegues se quedaban quietos todo el sol y todos los arco iris del mundo: el sarape de Saltillo. Ahí estuvo el taller del maistro Abraham, que fabricaba cuchillos con temple y filo mejores que los aceros toledanos. (“Mis cuchillos -decía él- pueden partir un cabello en el aire”. Alguien le replicaba: “También las dagas de Toledo pueden partir en el aire un cabello”. Y don Abraham pregun