Aquellos jóvenes casados querían tener familia, pero la cigüeña no oía sus instancias a pesar de que las repetían cada noche. El padre Arsilio se enteró del apuro de los esposos y les dijo: “No se preocupen. La próxima semana viajaré a España para participar en un encuentro mundial de sacerdotes. Iré al santuario de Santa Casilda, cerca de Briviesca, y encenderé una vela por la intención de ustedes en el altar de esa patrona de la fertilidad”. Pasaron unos años, y cierto día el padre Arsilio se topó con la muchacha en la calle. Llevaba cuatro chiquillos cogidos de su falda, otro en los brazos, dos más -gemelitos- en una carriola, y estaba embarazada. “¡Qué gusto verte con tanta y tan linda familia, hija! -le dice el padre Arsilio-. ¿Dónde está tu marido?”. Responde con duro acento la mucha