Una pareja de recién casados llegó a un hotel en Cuba. Eran mexicanos los novios, y la muchacha había oído hablar del sistema de espionaje que Castro ha establecido en la Isla. Sintió temor de que en la habitación hubiera un micrófono, y que los ruidos que acompañan al acto del amor -susurros, ayes, murmullos, bisbiseos, estertores, sonidos onomatopéyicos variados, acezos, respiraciones sibilantes, jadeos, gritos y ululatos- pudieran ser oídos por algún agente de la policía castrista, y grabados para someterlos al escrutinio y consideración del dictador. Pidió, pues, la muchacha a su flamante esposo que revisara el cuarto a fin de hallar cualquier aparato de detección fónica. Él se puso a buscar a toda prisa, pues anhelaba ya subir al tálamo y consumar las nupcias. Revolvió los rincones, b