En el Potrero se hacen largas las noches del invierno. Pronto se oculta el sol tras de los cerros, y por el rumbo de Las Ánimas llega ese viento frío que llaman “el norteño”. La gente se guarda entonces en sus casas; se oye sólo el ladrido de algún perro. En el fogón de las cocinas arde el fuego. Las mujeres tejen o bordan en silencio, y en silencio los hombres limpian sus aperos. Nadie habla; borbotea en la lumbre la olla del puchero. Yo bebo mi té de yerbanís a tragos lentos. ¿Qué estoy pensando? Nada. Aquí no pienso. Aquí dejo que lleguen los recuerdos. Y he recordado un cuento. Quizá lo oí de don Abundio, ya hace tiempo. Es pícaro ese cuento, y es travieso. Tiene sabor antiguo, como de medioevo. Los cuentos de este rancho son muy viejos, pero cuando los oyes vuelven a ser nuevos. Esta