Un texano bebía su copa, solitario, en la barra de un hotel de Nueva York. A su lado estaba sentada una mujer de reputación nada dudosa, pues cada vez que cruzaba la pierna se le veía la credencial. Vuélvese la sospechosa dama hacia el texano y le dice con simulada admiración: “¡Vaya que es usted alto, mister!”. “Soy de Texas, madame -replica el hombrón-, y todo en Texas es de tamaño grande”. “¡Y su sombrero! -exclama la mujer señalando el ten gallon hat del tipo- ¡Qué grande es también!”. “Ya le digo, madame -repite el texano-, soy de Texas, y todo en Texas es de tamaño grande”. En eso la dama se levanta del banco en que sentada estaba, y deja ver el profuso nalgatorio que poseía, dos gigantescos promontorios cada uno de los cuales habría podido servir muy bien de molde para el domo o cúp