Afrodisio Pitongo, hombre concupiscente, invitó a Dulcilí, muchacha ingenua, a disfrutar los placeres de la carne. “¡Vamos! -aceptó ella entusiasmada-. ¡Conozco un restorán donde sirven tibones excelentes!”. Afrodisio alzó los ojos al cielo, aunque ningún derecho tenía para hacerlo, pues era de temperie terrenal, y sin más llevó a Dulcilí a un discreto motelito, y ahí la inició en los secretos de la carnalidad. Terminado el trance, disipados los efluvios vagarosos de la lubricidad, la cándida muchacha se dio cuenta de la desmesura de lo sucedido. Había dado al traste con el decoro y la pudicia; entregó lo que su madre y las monjitas del colegio le habían dicho que debía guardar para ofrendarlo al hombre a quien daría el dulce título de esposo. Gemebunda, le dijo al seductor en tono dramáti