“Puse un congal” -le dijo el oficinista jubilado al amigo que lo encontró en la calle. Éste le había preguntado a qué se dedicaba ahora, y el emérito señor respondió con esas tres palabras: “Puse un congal”. “¿Un congal?” -se asombró el otro, pues el antiguo empleado había sido siempre hombre de buen vivir, morigerado en sus costumbres, y metódico. “Sí -reiteró el señor-. Un burdel, mancebía, lenocinio, casa pública, prostíbulo, ramería o lupanar”. Ya sin lugar a dudas inquiere el otro, cauteloso: “Y... ¿cómo va el negocio?”. “Muy bien -responde el jubilado-. Abunda la clientela. Y es que tenemos de todo: si quieres mujer, hay mujer; si quieres hombre, hay hombre”. Dice el amigo: “Debes tener mucho personal”. Contesta el tipo: “No. Por lo pronto somos nada más mi señora y yo”... Una cosa b