En el otoño de su vida don Frustracio recordó un episodio triste de su juventud. Había casado con Frigidia, muchacha en flor de edad pero que no sentía las urentes llamas de la pasión carnal. Le gustaba el crochet, no el crotch. Quiero decir que le agradaba hacer labores de tejido, pero no disfrutaba los goces que la entrepierna guarda. Sucedió que don Frustracio, entonces joven todavía, fue llamado por el ejército, que lo envió a la guerra. Tres años estuvo en el frente de batalla, con inminente riesgo de su vida, sufriendo toda suerte de penalidades. Entre ellas no fue la menor la falta de mujer: todo ese tiempo le guardó a su esposa la fe que le había jurado en el altar. Por fin terminó la guerra, pues a los dos ejércitos se les descompuso el cañón, y acordaron una tregua mientras hacía