Veracruz es la sonrisa de México. Y el Gran Café de la Parroquia es la sonrisa de Veracruz. Este año el benemérito establecimiento cumplió dos siglos de existencia. Yo me honro en ser amigo del Gran Café de la Parroquia, de sus dueños, de sus empleados, de sus festivos y bondadosos parroquianos. Siempre que voy al Puerto cumplo el entrañable ritual de beber mi lechero acompañado por una canilla, una micha o una bomba con nata o mantequilla. Hago sonar el vaso con la cuchara, nostálgica evocación del tranviario que con la campana del tranvía avisaba que iba a llegar ya a la esquina de La Parroquia, para que le tuvieran listo su café. Lo que yo no sabía es que el poeta Julio Sesto, autor de aquella doliente endecha, “Las abandonadas”, escribió una vibrante oda dedicada al Gran Café de la Par