La joven primeriza empezó a dar a luz antes de lo esperado, de modo que su marido no tuvo tiempo ya de llevarla al hospital. Por fortuna al otro lado de su casa vivía un médico y el muchacho fue corriendo por él. Vino el doctor a toda prisa y se encerró con la parturienta en su recámara. Sale de pronto y pide con urgencia: “¡Unas pinzas!”. Apresuradamente fue por ellas el asustado joven. Vuelve a entrar en el cuarto el doctor, sólo para salir otra vez. “¡Un martillo! ¡Rápido!”. El muchacho lo trae a toda carrera. A poco el galeno asoma de nuevo. “¡Un cincel!”. “¿Un cincel?” -se espanta el pobre muchacho-. ¡Doctor! ¿Qué le está haciendo usted a mi esposa?”. “Nada -responde el facultativo-. Lo que pasa es que no puedo abrir mi maletín”...
Llegó el individuo al departamento donde vivía la g