Afrodisio Pitorreal, galán concupiscente, era diestro en toda suerte de salacidades. Estaba casado, pero la institución matrimonial, base de la familia -y por lo tanto de la sociedad, incluidos en ella los clubes filatélicos-, no lo apartó de sus devaneos erotómanos, y seguía frecuentando el trato de mujeres fáciles de cuerpo: ya se sabe que la prostitución es una profesión muy noble, lamentablemente echada a perder por las aficionadas. Un día Afrodisio se reunió con sus amigos, y la conversación recayó en el tema de las relaciones íntimas. Censuraron algunos a los maridos que después de satisfecho su deseo se dan vuelta en la cama y se duermen, o encienden la tele, o se ponen a trabajar en su laptop en vez de abrazar con ternura a su mujer y sostener con ella una amorosa conversación, o p