El coronel Amazonio Q. Loeierro, a cuyo cargo estaba el LDXXXVIII Regimiento de Caballería, sintió ciertos malestares en el traspuntín, motivo por el cual fue a la consulta de un proctólogo. El facultativo le examinó la parte posterior, y al terminar su observación le dijo: “Con razón siente esas molestias. Trae usted un divertículo en la entrada del esfínter”. “Querrá usted decir en la salida -se atufa el ceñudo coronel-. ¡Por ahí no entra nada, señor mío!”... Don Ulpiano, abogado campanudo, sometía al médico forense a una severísima interrogación. Le pregunta: “Antes de declarar muerto al occiso ¿le tomó usted el pulso?”. Responde el forense: “No”. “Le revisó la respiración?”. “No”. “¡Ah! -exclama don Ulpiano con tono de triunfo-. Entonces ¿por qué lo declaró muerto?”. Responde el forens