La corrupción no ha desaparecido de la vida mexicana. Por desgracia parece ser una segunda -¿o una primera?- naturaleza de nuestra actividad pública. Quienes con frecuencia viajamos por el extranjero sentimos honda pena al advertir que en otros países decir "México” y decir "corrupción” casi es decir la misma cosa. Muchos aquí siguen mirando la función pública como oportunidad de medro personal. Periódicamente aparecen millonarios que en unos cuantos años labran fortunas que alcanzan hasta la séptima u octava degeneración. Eso tiene su causa principal en la impunidad. Muy raras veces los ladrones públicos reciben el castigo a su conducta ilícita. Se cumple en ellos el triste apotegma según el cual las leyes son en México únicamente para los gobernados, jamás para los que gobier