Libidiano Pitongo, hombre proclive a la lubricidad y la libídine, fue a una clínica a que le hicieran un examen médico. Lo atendió una guapísima doctora de esculturales formas. Luego de pedirle que se desvistiera le puso la mano en la garganta y le ordenó. “Diga 33”. Dice Libidiano: “33”. La doctora le pone la mano en el corazón y le pide: “Diga 33”. Repite Libidiano: “33”. Luego la bella mujer le pone la mano en el estómago y le reitera la orden: “Diga 33”. Vuelve a decir Pitongo: “33”. Finalmente la hermosa profesionista le pone la mano allá donde les platiqué y le ordena: “Diga 33”. Y empieza Libidiano: “Uno... Dos... Tres...”... Astatrasio Garrajarra, ebrio con su itinerario, llegó a su casa midiendo paredes, o sea deteniéndose en ellas para no caer. Su esposa lo recibió con acritud. L