Las cantinas a mí me gustan mucho. Las cantinas cantinas, quiero decir, porque las cosas se han desvirtuado tanto en nuestro tiempo que es necesario repetir el nombre de un objeto para significar que se habla de lo auténtico y verdadero, no de lo que es ficticio o imitado. “Me gusta tomar café café”, no algún sucedáneo de café. “Fulano es católico católico”, no de los de misa y hoya; así, hoya, porque se acuerdan de su religión sólo en presencia de la muerte. Me gustan las cantinas cantinas; las de antes, no esos híbridos establecimientos que hoy se presentan con el nombre de cantinas, a los que pueden entrar también mujeres. Yo amo a la mujer. Vivo endiosado ante ella, adorando de rodillas su perpetuo misterio y majestad. Podría yo repetir los armoniosos versos decasílabos de Ramón López