Una muchacha muy guapa llegó con su mamá a pedir trabajo en un circo. “¿Qué sabe usted hacer?” -le preguntó el empresario. Sin decir palabra la muchacha se puso una nuez sobre la cabeza. Luego, con sabio equilibrio, la hizo rodar lentamente por su cuello y por la curva de su espalda, hasta que la hizo llegar al sitio exacto donde la espalda pierde su decente nombre. Ahí la muchacha partió la nuez con un fuerte apretón de los hemisferios glúteos. “¡Fantástico! -se admira el empresario-. Y su señora madre ¿qué hace?”. “Lo mismo -responde la muchacha-, pero con sandías”... En los discursos de ocasión suele decirse: “No hay palabras para agradecer...”. Lo cierto es que para agradecer siempre hay palabras. La más sencilla es “gracias”. Y por sencilla es también la más sincera. Así, a mis eterno