El general Elohssa, que ese día estaba a cargo de la guerra, llamó a Soreco, soldado mexicano, y le comunicó: “Ha sido usted escogido como voluntario para una misión muy peligrosa. En ese pueblo el enemigo tiene un arsenal. Debe ir a capturarlo”. “¡Me canso, jefecito!” -respondió Soreco. Y sin más se lanzó contra las líneas enemigas. Con granadas silenció un nido de ametralladoras; con su bazuca destrozó seis tanques de guerra; siguió avanzando y despachó al otro mundo con su rifle a dos pelotones de soldados que salieron a enfrentarlo; arrasó con su lanzallamas el cuartel general del otro ejército, y finalmente llegó victorioso al edificio cuya toma el general le había encomendado. Pintó en la fachada unos grafiti y luego, con sonoro silbido, llamó a su jefe para que viniera a tomar poses