“No puede uno confiar en las mujeres -le dice con disgusto un tipo a otro-. Anoche fui a pasear al parque. Una señora que se veía de buena clase social andaba trotando por ahí, y se sentó en la banca donde estaba yo, dizque a descansar un rato. Entablamos conversación. De pronto ella me dijo que yo le había atraído mucho; y para mi sorpresa empezó a besarme y a hacerme tocamientos lúbricos, hasta que con diversas artes, ejercidas todas con eminente maestría, me llevó al último éxtasis de la pasión. Jamás había yo tenido una experiencia sexual así de intensa. Tan embelesado estaba con aquel extremado trance erótico que no me percaté de que la mujer aprovechó mi arrobamiento para sacarme la cartera, con todo el dinero que llevaba, y las tarjetas de crédito. Además me quitó el reloj sin que m