¡Pobrecita Iglesia mía, la católica! Más que sus enemigos le hacemos daño sus propios hijos, especialmente aquellos que deben velar por ella y dar el buen ejemplo. A unos los aparta del camino recto la concupiscencia de la carne; a otros la del dinero, el poder o la engañosa fama. Así, dejan de servir a la Iglesia para servirse de ella, y la vuelven su instrumento. Puedo decir, sin embargo, que por cada uno que se aparta de su misión pastoral, o la desvirtúa con preocupaciones ajenas a su ministerio, hay cien que son fieles a su vocación original, y la cumplen calladamente, con ejemplar entrega y con amor. Por ellos la Madre seguirá viviendo hasta el final de los tiempos. Posiblemente yo no veré el final de los tiempos -últimamente he estado algo malillo-, pero tómenme en cuenta de cualqui